La pregunta que esta columna persigue durante los próximos cinco apartados es engañosamente simple: ¿qué clase de cosa es un confidente que no tiene credencial, ni colegiatura, ni secreto profesional, ni cuerpo que se canse, y que sin embargo escucha a millones de personas describir su sufrimiento más íntimo a las tres de la mañana? Los chatbots conversacionales —ChatGPT, Character.AI, DeepSeek, las aplicaciones de "bienestar" que se instalan en treinta segundos— han ocupado, sin que nadie los designara para ello, una función que durante un siglo perteneció a un gremio examinado: la del que recibe la angustia ajena y responde. No fueron entrenados para eso. No fueron auditados para eso. Y, sin embargo, ahí están.
El arco que trazaremos abarca tres trimestres de cobertura hispanoamericana, desde finales de 2024 hasta el tercero de 2025, y tiene una forma que conviene anunciar de entrada: empezó como entusiasmo y terminó como alarma. En el primer trimestre de 2025 nuestro rastreo registró siete encuadres optimistas por cada cuatro críticos; para el tercero la proporción se había invertido, veinte críticos contra dieciséis optimistas, y el volumen total casi se había triplicado. No hubo un único punto de quiebre —ningún titular que de un día para otro cambiara la conversación—, sino un deslizamiento, una corrección de rumbo que el periodismo de la región fue haciendo a medida que la promesa chocaba contra los hechos.
Lo que sigue separa deliberadamente dos relojes: el de lo que la conversación pública vino diciendo sobre estas máquinas, y el de lo que las máquinas, los reguladores y los muertos vinieron haciendo. Cuando los dos relojes coinciden, hay aprendizaje colectivo. Cuando divergen, hay un costo, y ese costo, como veremos, no se reparte de manera pareja.