AI NEWS SOCIAL · Columna del Pensador · 2026-08-16 International/LATAM
El PhD de humo, la zona franca y el formulario: quién deposita saber esta semana

El PhD de humo, la zona franca y el formulario: quién deposita saber esta semana

Empecemos por una escena concreta. OpenAI presenta GPT-5 como un interlocutor “a nivel de experto con PhD”. La frase es publicitaria, pero también es pedagógica. Nos dice qué relación se espera que tengamos con la máquina: la de alguien que no sabe frente a alguien —algo— que sí. El experto habla, nosotros recibimos. El doctor deposita, el paciente asiente.

Freire tenía un nombre para esa relación. La llamó educación bancaria — el modelo en el que el saber se deposita en estudiantes tratados como cuentas vacías, para llenar. El estudiante no dialoga; recibe, memoriza, repite. Y esta semana, tres historias que la prensa suele contar por separado forman, leídas juntas, un catálogo casi perfecto de esa lógica aplicada a la inteligencia artificial.

La primera es el PhD de humo: un producto vendido como autoridad que sabe. La segunda es la zona franca: en Madagascar, trabajadores etiquetan los datos que alimentan a las startups francesas por 96 a 126 euros al mes, en galpones heredados de la industria textil. La tercera son las respuestas institucionales: la CNIL francesa, los gobiernos de Morelos y de India, que frente al riesgo entregan formularios, tutoriales y programas de reskilling. Alfabetización defensiva. Aprendé a protegerte.

Las tres, vistas con la lente de Freire, cuentan la misma historia. Alguien tiene la palabra. Alguien la recibe. Y las estructuras de poder que deciden quién ocupa cada lugar permanecen fuera de cuadro, sin problematizar.

El depósito y la promesa del experto

Vale la pena detenerse en la palabra “experto”, porque hace trabajo.

Cuando OpenAI vende a GPT-5 como equivalente a un doctor, está haciendo una promesa sobre la relación. La máquina sabe; vos consultás. Ella emite conocimiento terminado, empaquetado, listo para consumir. Vos lo recibís y lo aplicás. No hay ida y vuelta real, no hay construcción compartida. Hay depósito.

Freire describió esa estructura con precisión en Pedagogía del oprimido. El educador bancario “deposita” contenidos en el estudiante como quien llena un recipiente. Cuanto más dócil el recipiente, mejor “educado” se lo considera. El problema no es que el educador sepa —claro que sabe— sino que la relación niega al estudiante su papel de sujeto que también piensa, pregunta, disiente.

La IA vendida como PhD reproduce eso a escala industrial. Y lo agrava con un detalle que Freire no alcanzó a ver pero que su marco ilumina: la máquina no solo deposita, sino que oculta cómo se fabricó el depósito. El PhD humano al menos podía ser interrogado sobre sus fuentes, sus sesgos, su formación. El PhD de humo llega sin genealogía visible. Habla con la voz plana y segura de la autoridad, y esa seguridad es precisamente lo que desactiva la pregunta.

Aquí conviene ser claros sobre qué se está reclamando cuando se dice “nivel de PhD”. No es una medición. Es una metáfora de venta que fija de antemano tu posición: la del que no sabe. Y la posición del que no sabe, en el modelo bancario, es la posición del que recibe sin cuestionar.

Madagascar, o quién llena el recipiente

Ahora la segunda historia, que es la que casi nunca se cuenta junto a la primera.

El PhD de humo no salió de la nada. Alguien etiquetó los datos que lo entrenan. Y esta semana sabemos, con nombres y cifras, quiénes: trabajadores malgaches en zonas francas, cobrando entre 96 y 126 euros al mes. La investigación lo documenta sin adornos. Como reporta el análisis sobre How French AI startups outsource data work to Madagascar, el trabajo de datos que sostiene la promesa europea de inteligencia se apoya en una infraestructura de extracción que ya conocíamos con otro nombre: la industria textil que precedió a estas mismas naves.

El marco de Freire tiene una categoría exacta para esto. Es la relación opresor/oprimido — no como insulto moral, sino como descripción estructural de quién define la situación y quién la padece. El opresor no es necesariamente un individuo cruel. Es una posición dentro de un sistema que convierte a personas en instrumentos de los fines de otros.

En Pedagogía de la autonomía, Freire advirtió contra una sociedad “eficazmente operada por máquinas altamente ‘inteligentes’, que sustituyeran a mujeres y hombres en actividades de las más variadas, y millones de Marías y Pedros sin tener qué hacer”. La ironía que la semana revela es más cruel que la que él imaginó. No es que las máquinas sustituyan a las Marías y los Pedros. Es que las Marías y los Pedros de Madagascar son la condición invisible para que la máquina parezca inteligente. No los reemplaza: los consume, y luego borra su rastro del producto final.

El depósito que GPT-5 entrega como conocimiento de experto fue llenado, literalmente, por trabajadores a los que el discurso de la IA no reconoce como productores de nada. Se los llama “anotadores”, “etiquetadores”, nombres que suenan a operación mecánica más que a trabajo humano. La palabra ya hace el trabajo de invisibilizar.

Y aquí el patrón se vuelve inconfundible para América Latina. La asimetría entre quien produce IA y quien la consume no es nueva. Es la vieja asimetría centro/periferia —el norte que diseña, el sur que provee materia prima barata— con una capa tecnológica encima. Freire escribió desde esa periferia y la nombró. Madagascar hoy, el litio de Bolivia o Argentina mañana, los datos de todos nosotros siempre: la geografía de la extracción tiene continuidad histórica. La IA no la rompió. La digitalizó.

El formulario como pedagogía de la adaptación

Llegamos a la tercera historia, que es donde el marco freiriano corta más hondo.

Frente al riesgo —vigilancia, pérdida de empleo, manipulación— las instituciones responden. La CNIL entrega una guía. La UNESCO entrega reglas de protección. Los gobiernos de Morelos y de India entregan programas de reskilling y alfabetización digital. Todo esto se presenta como cuidado. Como educación. Como darle herramientas al ciudadano.

Pero fijémonos en qué tipo de herramientas.

Enseñan a rellenar el formulario de oposición al tratamiento de datos. Enseñan a configurar la privacidad. Enseñan a “reciclarse” para el empleo que la automatización dejó. Enseñan, en suma, a adaptarse a un orden que se da por sentado. Ninguna de estas alfabetizaciones enseña a preguntar por qué tus datos fueron recogidos en primer lugar, o quién decidió que tu empleo era prescindible, o a qué intereses sirve la infraestructura que se te pide aprender a habitar.

Freire llamaría a esto educación bancaria en su forma más pura. No deposita contenidos matemáticos; deposita conductas de autoprotección. Te entrena para operar dentro del sistema, nunca para interrogarlo. Y lo hace bajo la apariencia benévola del empoderamiento.

La distinción que Freire trazó entre adaptación y transformación es exactamente la que la semana pone en juego. En Pedagogía de la autonomía rechazó la idea de que el desempleo tecnológico sea un destino: “El desempleo en el mundo no es, como dije y repito, una fatalidad. Es ante todo el resultado de una globalización de la economía y de avances tecnológicos a los que les viene faltando el deber ser”. La palabra clave es fatalidad. El discurso del reskilling presenta la disrupción como clima —algo que pasa, ante lo cual solo cabe adaptarse—. Freire insistía en que es una decisión con responsables. Y lo que tiene responsables se puede discutir, disputar, cambiar.

Cuando el “pensamiento crítico” se enseña como reflejo de autoprotección y no como interrogación del poder, no estamos educando para la libertad. Estamos educando para la resignación eficiente. El ciudadano que sabe llenar el formulario de oposición es más manejable que el que no sabe nada, porque cree que ya ejerció su agencia. Marcó la casilla. Cumplió. Y la estructura que recogió sus datos sin preguntarle sigue intacta, ahora con un ciudadano satisfecho de haberse defendido.

La palabra y el mundo

Hay una oposición más en el marco de Freire que esta semana ilumina, y es tal vez la decisiva: palabra/mundo.

Para Freire, leer nunca fue decodificar signos. Fue lo que él llamó leer el mundo — comprender la realidad para poder transformarla. La alfabetización verdadera no termina en la capacidad de descifrar un texto; empieza ahí. Su propósito es que el analfabeto deje de ser objeto de la historia de otros y se vuelva sujeto de la propia.

Apliquemos esto a la “alfabetización en IA” que las instituciones ofrecen esta semana. ¿Qué mundo enseña a leer? Enseña a leer la interfaz: dónde está el botón de privacidad, cómo redactar un prompt eficaz, cómo detectar un deepfake. Todo útil. Nada de eso es leer el mundo. Leer el mundo sería entender que el prompt eficaz alimenta un modelo entrenado en Madagascar, que la interfaz de privacidad existe porque la extracción de datos es el modelo de negocio, que el deepfake es un síntoma de una economía de la atención que precede a la IA.

La alfabetización bancaria se detiene en la palabra —la interfaz, el formulario, el tutorial— y nunca llega al mundo. Es alfabetización sin conciencia, decodificación sin comprensión. Enseña a operar la herramienta sin nunca preguntar a quién sirve la herramienta.

Y hay algo más, algo que Freire vio con claridad en la mecánica de la dominación. En Pedagogía del oprimido describió cómo la “asistencialización” domestica a los hombres del pueblo — cómo la ayuda que llega desde arriba, sin diálogo, aplasta en lugar de liberar. El reskilling gubernamental tiene esa estructura. Llega como asistencia. Se recibe con gratitud. Y domestica: convierte al trabajador desplazado en alguien que agradece el curso en vez de preguntar por qué su trabajo desapareció y adónde fue su valor.

La educación problematizadora —el otro modelo de Freire, el opuesto al bancario— haría lo contrario. No preguntaría “¿cómo te proteges?” sino “¿por qué necesitás protegerte?”. No entregaría el formulario; problematizaría la existencia del formulario. Partiría de la experiencia del ciudadano —tus datos fueron tomados, tu empleo peligra, una máquina habla con voz de experto— y la convertiría en objeto de análisis compartido, no en problema individual que cada quien resuelve solo con su tutorial.

Quién tiene la palabra

Conviene volver a las tres preguntas que el marco de Freire hace sobre cualquier situación pedagógica: quién tiene la palabra y quién la recibe, qué se deposita y qué se problematiza, qué estructuras de poder determinan el acceso.

En la semana que analizamos, las respuestas se alinean con inquietante consistencia.

Quién tiene la palabra: OpenAI, que define qué es “nivel de experto”. Las startups francesas, que definen cuánto vale una hora de anotación en Madagascar. Las instituciones, que definen en qué consiste estar alfabetizado en IA. Todos ellos hablan.

Quién la recibe: el usuario que consulta al PhD de humo. El trabajador malgache que etiqueta sin ser reconocido. El ciudadano que rellena el formulario que le entregaron. Todos ellos reciben.

Qué se deposita: autoridad tecnológica, conductas de autoprotección, resignación disfrazada de competencia digital. Qué se problematiza: nada. El modelo de negocio de la extracción permanece incuestionado. La geografía de la explotación permanece invisible. La decisión política detrás del desempleo tecnológico se presenta como clima.

Qué estructuras de poder determinan el acceso: las mismas que Freire nombró desde la periferia latinoamericana hace medio siglo. El centro produce y define; la periferia provee y consume. Solo que ahora la periferia también provee la materia prima cognitiva —los datos, el etiquetado, la atención— sin la cual el centro no podría fabricar su promesa de inteligencia.

Para América Latina esto no es teoría abstracta. Es la advertencia de que la “revolución de la IA” puede reproducir, capa sobre capa, la posición subordinada de siempre. Consumidores entusiastas de una tecnología que no diseñamos, cuyos costos —de trabajo, de energía, de datos— pagamos sin decidir, y frente a cuyos riesgos se nos ofrece, como toda educación, aprender a adaptarnos mejor.

El cierre: adaptación o transformación

La pregunta editorial que este marco hace visible es incómoda, y por eso conviene formularla sin suavizarla.

Toda esta semana nos ofrece educación. El PhD de humo nos educa en la consulta pasiva. La zona franca educa a sus trabajadores en la invisibilidad rentable. Las instituciones nos educan en la autoprotección resignada. La pregunta de Freire no es si hay educación —siempre la hay, la educación nunca es neutral— sino de qué tipo. Bancaria o problematizadora. Para la adaptación o para la libertad.

Y la respuesta, esta semana, es abrumadoramente bancaria. Todo lo que se nos ofrece nos entrena para operar mejor dentro de un orden que no elegimos y que no se nos invita a cuestionar. El formulario de la CNIL, el curso de reskilling de Morelos, la interfaz amable del chatbot experto: todos depositan. Ninguno problematiza.

El marco freiriano no ofrece una herramienta técnica para resistir esto, y sería una traición a su pensamiento pretender que sí. No hay checkbox contra la educación bancaria. Lo que ofrece es una pregunta, la única que la alfabetización defensiva sistemáticamente evita: no cómo usar la IA de forma segura, sino quién decidió que la IA fuera así, y a quién sirve que lo sea.

Un ciudadano que aprende a rellenar el formulario de oposición ha aprendido una palabra. Un ciudadano que pregunta por qué el formulario existe —por qué sus datos fueron tomados, quién etiquetó los datos ajenos en Madagascar, a qué inversionista sirve la eficiencia que se le vende como progreso— empieza a leer el mundo.

La diferencia entre esas dos alfabetizaciones no es de grado. Es de dirección. Una prepara para adaptarse. La otra, para decidir. Y la única que Freire llamaría educación es la segunda.

La pregunta que queda, entonces, para quien lee esto con el café en la mano: la próxima vez que una institución te ofrezca alfabetizarte en IA, ¿te va a enseñar a leer la interfaz, o a leer el mundo? Porque de esa diferencia depende si salís del curso mejor administrado, o menos administrable. Y esas no son la misma cosa. Nunca lo fueron.

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