El agente que ejecuta sin preguntar: la nueva domesticación del trabajo en América Latina
Hay una palabra que se repite en las suscripciones que llegan esta semana a la región: productividad. Suena inofensiva. Promete que el trabajador hará más en menos tiempo. Pero el marco de Paulo Freire enseña a desconfiar de las palabras que parecen inofensivas, porque suelen esconder una relación de poder. Cuando un agente de inteligencia artificial empieza a redactar los correos, llenar las planillas y tomar las decisiones administrativas que antes tomaba una persona, algo cambia. No es solo la velocidad. Es quién tiene la palabra.
Freire pasó su vida estudiando esa pregunta. No la palabra como vocabulario, sino la palabra como acto: la capacidad de un ser humano de nombrar el mundo y, al nombrarlo, transformarlo. Para él, quien pierde la palabra pierde algo más grande que la voz. Pierde la posibilidad de ser sujeto de su propia vida. Lo que esta semana se vende como herramienta de eficiencia, leído a través de su marco, se parece bastante a una nueva forma de quitarle la palabra al trabajador. Vale la pena mirarlo de cerca.
De ejecutor a espectador: la pérdida silenciosa
El fenómeno se describe con una frase técnica: el trabajador pasa de ejecutor a supervisor de una caja negra algorítmica. Conviene traducir esa frase, porque adentro vive el problema entero. “Caja negra” significa que el trabajador ya no sabe cómo el agente llega a sus resultados. Mete una instrucción, recibe un producto, y entre una cosa y la otra hay un proceso que no puede ver ni cuestionar. “Supervisor” suena a ascenso. En la práctica suele ser lo contrario.
Freire tenía un nombre para esto. Lo llamaba domesticación: el proceso por el cual una persona acepta como naturales los límites que otro le impone, y deja de preguntarse si podrían ser distintos. El trabajador domesticado no protesta. Tampoco está conforme exactamente. Simplemente dejó de ver que hay algo que protestar. En Pedagogía de la autonomía, Freire describe este estado con una precisión que parece escrita para esta semana: habla del “poder invisible de la domesticación enajenante que alcanza una eficacia extraordinaria en lo que vengo llamando ‘burocratización de la mente’. Un estado refinado de extrañeza, de ‘autosumisión’ de la mente, del cuerpo consciente, de conformismo del individuo, de resignación ante situaciones consideradas fatalmente como inmutables.”
Lea de nuevo esa última frase. “Situaciones consideradas fatalmente como inmutables.” El agente de IA llega presentándose exactamente así: como algo que ya está, que no se puede frenar, al que solo cabe adaptarse. La cobertura de la industria refuerza ese tono. Cuando una nota describe que los agentes de oficina ya están aquí y que la única pregunta sensata es cómo subirse a la ola, está haciendo trabajo ideológico, aunque no lo sepa. Está convirtiendo una decisión humana — desplegar estos sistemas, con estos diseños, bajo estos dueños — en un hecho de la naturaleza, como la lluvia.
Freire pasó la vida combatiendo ese tipo de fatalismo. Para él, el desempleo tecnológico no era un destino. Era una decisión disfrazada. En Pedagogía de la autonomía escribe que “el desempleo en el mundo no es, como dije y repito, una fatalidad. Es ante todo el resultado de una globalización de la economía y de avances tecnológicos a los que les viene faltando el deber ser.” El “deber ser” es la clave. La tecnología no cae del cielo. Alguien la diseña, alguien la vende, alguien decide a qué fines sirve. Tratarla como inevitable es el primer paso de la domesticación.
El anti-diálogo de la caja negra
Para entender por qué el agente preocupa a un lector freiriano, hay que entender la distinción central de su obra. Freire oponía dos modelos de educación, pero la oposición sirve para cualquier relación donde un humano aprende del mundo o de una herramienta.
El primero lo llamó educación bancaria. La imagen es la de un banco: el saber se deposita en una persona pasiva, como quien mete monedas en una alcancía. El que deposita sabe; el que recibe no sabe, solo guarda. No hay diálogo. No hay pregunta. Hay transferencia en un solo sentido. El depositante manda, el depositado obedece.
El segundo lo llamó educación problematizadora. Acá no hay quien deposita y quien recibe. Hay dos sujetos que construyen el conocimiento juntos, preguntándose por el mundo, descomponiéndolo, volviéndolo a armar. La pregunta no es un obstáculo en el camino hacia la respuesta. La pregunta es el camino.
¿Dónde cae el agente de IA que ejecuta tareas de oficina? El marco de la semana lo dice sin rodeos: “El agente que ejecuta sin preguntar es un anti-diálogo.” Y es precisa esa palabra. El agente entrega resultados. No invita a problematizarlos. No muestra su razonamiento de modo que el trabajador pueda discutirlo. Deposita un producto terminado en el escritorio y sigue. Es la educación bancaria automatizada: una máquina perfeccionada para depositar saber en un receptor pasivo, sin que el receptor pueda nunca preguntar de dónde vino ese saber ni qué dejó afuera.
Esto importa más de lo que parece. Cuando una persona redactaba sus propios correos, por mecánico que fuera el trabajo, mantenía un hilo con el mundo: decidía las palabras, sopesaba el tono, conocía el contexto. Ese hilo es lo que Freire llamaba la relación entre la palabra y el mundo — la idea de que nombrar las cosas es una forma de actuar sobre ellas. El trabajador que solo aprueba lo que el agente produjo ya no nombra. Recibe un nombre ya puesto y le da el visto bueno. Con el tiempo, ni siquiera eso: aprueba sin leer, porque el agente “casi siempre acierta”. Ahí se completó la domesticación. El trabajador se volvió espectador de su propio trabajo.
La tercera sonda del marco lo formula como pregunta, y la pregunta merece quedar sobre la mesa: la dependencia del agente, ¿no es acaso una nueva forma de “silencio cultural” donde el trabajador es reducido a mero espectador de su propio trabajo? El silencio cultural, en Freire, no es la ausencia de ruido. Es la condición de quien fue privado de la palabra hasta el punto de no saber que la tenía. No es que el trabajador no quiera hablar. Es que el sistema dejó de necesitar que hable.
Quién diseñó el agente, y con qué fines
Acá el marco freiriano hace su trabajo más filoso. Porque la educación bancaria, para Freire, nunca es neutral. Siempre sirve a alguien. El que deposita el saber define qué saber se deposita, y al definirlo, define el mundo que el receptor podrá pensar.
El agente de IA tiene un dueño. Tiene un diseño. Tiene fines que no fija el trabajador que lo usa ni la pequeña empresa que paga la suscripción. Los fija quien lo construyó, en un centro tecnológico que casi nunca queda en América Latina. Y acá la lente freiriana se vuelve especialmente potente para la región, porque reproduce una asimetría que Freire vivió en carne propia: la del centro y la periferia. Los países que producen la IA y los países que solo la consumen. Quien escribe el código ideológico del agente y quien lo recibe ya escrito.
El marco de la semana insiste en la pregunta correcta: “Freire nos recordaría que toda herramienta de mediación debe ser objeto de problematización: ¿quién la diseñó, con qué fines, y cómo puedo transformarla?” Estas tres preguntas son el antídoto contra la caja negra. Y son exactamente las que el discurso de la productividad esconde. La nota promocional nunca pregunta quién diseñó el agente. Pregunta cuánto tiempo ahorra. El ahorro de tiempo es real. Pero es la moneda con que se compra el silencio.
Freire era lúcido sobre cómo opera este poder cuando deja de tener una cara visible. En Pedagogía del oprimido describe un mundo donde “el centro de mando opresor se hace plural y complejo”, donde los dominados ya no están “bajo la decisión de la figura dominadora que encarna, en su persona, el sistema opresor en sí”, sino “sometidos a una especie de ‘impersonalidad opresora’.” Y concluye: “En ambos casos existe una cierta ‘invisibilidad’ del poder opresor.”
Cuesta encontrar una descripción más exacta de la caja negra algorítmica. No hay un patrón con cara que dé las órdenes. Hay un sistema que las da, distribuido entre el modelo, la empresa que lo entrena, la plataforma que lo vende y los términos de servicio que nadie lee. La impersonalidad opresora del siglo veintiuno tiene forma de software. Su eficacia, como advertía Freire, está justamente en su invisibilidad. No se puede problematizar lo que no se ve.
El miedo a recuperar la palabra
Hay una objeción razonable a todo esto. ¿No es el trabajador libre de usar o no usar el agente? ¿No elige quedarse en el papel de supervisor? Freire respondería que la libertad no es solo poder elegir entre opciones dadas. Es poder cuestionar quién dio esas opciones y por qué.
En Pedagogía del oprimido, Freire identificó un fenómeno incómodo: el miedo a la libertad. Observó que las personas formadas dentro de una estructura opresora a menudo temen salir de ella, porque la libertad exige responsabilidad, riesgo, la fatiga de pensar por cuenta propia. Escribe sobre cómo “la tendencia natural es la de racionalizar el miedo, a través de una serie de mecanismos de evasión”. Y nota que este miedo es mayor todavía en quienes “ni siquiera alcanzaron a descubrir el carácter de acción invasora” del sistema en que están metidos.
Aplicado a esta semana: muchos trabajadores van a recibir al agente con alivio. Menos tareas tediosas, más tiempo. Eso es genuino y no hay que despreciarlo. Pero el marco freiriano obliga a preguntar qué se paga por ese alivio. Si el precio es dejar de saber cómo se hace el propio trabajo — perder la competencia, perder la comprensión, perder la palabra sobre el oficio — entonces el alivio es el cebo de la trampa. El trabajador que delega todo termina sin saber hacer nada sin el agente. Y quien no sabe hacer nada sin la herramienta está a merced de quien controla la herramienta.
Esto no es paranoia. Es la dinámica que Freire vio operar una y otra vez. En Pedagogía del oprimido describe lo que les pasa a los trabajadores que intentan unirse y resistir: cuánto “les cuesta no aceptar la ‘invitación’ que reciben para evitar que se unan entre sí. La pérdida del empleo y la puesta de sus nombres en ‘lista negra’ son hechos que significan puertas que se cierran ante nuevas posibilidades de empleo, siendo esto lo mínimo que les puede ocurrir.” El miedo a quedar fuera es real, material, disciplinador. La presión por adoptar el agente — o quedarse atrás — funciona exactamente como esa invitación que no se puede rechazar sin costo.
Codificar y descodificar el agente: la salida que Freire propondría
Hasta acá el diagnóstico es sombrío. Pero Freire nunca se quedó en el diagnóstico. Su obra entera es una apuesta por la posibilidad de transformación. Y su marco ofrece, no una nostalgia, sino un método.
Freire no le tenía miedo a las herramientas. Le tenía miedo a las herramientas usadas sin conciencia. La diferencia entre una IA que domestica y una IA que libera no está en la máquina. Está en si el trabajador la trata como un oráculo incuestionable o como un objeto a problematizar. El marco de la semana lo dice con claridad: la pregunta central es si la IA refuerza la educación bancaria o si puede convertirse en herramienta problematizadora. La máquina no decide eso. Lo decide la práctica social que se construya alrededor de ella.
¿Cómo se vería esa práctica? Freire desarrolló los círculos de cultura: grupos donde las personas analizaban juntas su propia realidad, descomponían las imágenes y palabras de su mundo, y descubrían que lo que parecía natural era en verdad producido por relaciones de poder. Llamaba a este proceso codificar y descodificar: tomar una situación de la vida, representarla, y entre todos desarmarla para ver qué la sostiene.
El marco de la semana propone trasladar ese método al agente: “¿Qué prácticas de ‘codificación/descodificación’, como los círculos de cultura, se pueden usar para analizar colectivamente las decisiones del agente?” La idea es concreta. Imaginá un grupo de trabajadores que, en lugar de usar el agente cada uno en su rincón, se sientan juntos a examinar sus salidas. ¿Por qué redactó el correo así? ¿Qué supuestos metió? ¿A quién dejó afuera? ¿Qué decisión tomó por nosotros que deberíamos haber tomado nosotros? Ese acto colectivo de descodificación es lo opuesto del silencio cultural. Es el trabajador recuperando la palabra sobre su trabajo, ahora con el agente como objeto de estudio y no como amo.
Esto es lo que el marco llama leer críticamente el agente, desvelar su “código ideológico”. No se trata de aprender a programar. Se trata de aprender a preguntar. La alfabetización que importa no es saber usar el agente — eso lo enseña cualquier tutorial. Es saber interrogarlo: de dónde viene, a quién sirve, qué versión del mundo da por sentada. Esa alfabetización crítica es, en el marco freiriano, la línea que separa la herramienta de liberación de la herramienta de colonización cognitiva.
Y acá vale recuperar la advertencia más exigente de Freire. En Pedagogía de la autonomía escribe sobre “la necesidad de asumir una postura vigilante contra todas las prácticas de deshumanización. Para eso el saber-hacer de la autorreflexión crítica y el saber-ser de la sabiduría, ejercitados permanentemente, pueden ayudarnos a hacer la necesaria lectura crítica de las verdaderas causas de la degradación humana y de la razón de ser del discurso fatalista de la globalización.” La palabra que importa es permanentemente. La vigilancia no es un curso que se aprueba. Es una práctica que no termina. El agente cambia, sus dueños cambian, sus fines cambian. La descodificación tiene que ser continua o no es nada.
La pregunta que el marco deja sobre la mesa
El discurso que acompaña la llegada de los agentes a América Latina ofrece una sola pregunta: ¿cómo aprovecho esta herramienta para producir más? El marco de Freire revela que esa pregunta, formulada sola, ya es una derrota. Da por sentado todo lo que habría que cuestionar. Acepta el agente como un hecho de la naturaleza. Acepta el rol de supervisor como un ascenso. Acepta la caja negra como precio razonable de la eficiencia. Acepta, en una palabra, la domesticación.
Hay otra pregunta, y es la que el marco freiriano hace visible. No es cómo uso el agente. Es quién tiene la palabra cuando el agente trabaja. Si la respuesta es que la palabra la tiene quien diseñó el agente en un centro tecnológico lejano, y el trabajador latinoamericano solo aprueba lo que la máquina deposita, entonces estamos ante la educación bancaria más eficiente jamás construida: una que ni siquiera necesita un aula, porque colonizó directamente el lugar de trabajo.
Pero Freire insistiría en que esto no está decidido. Insistiría en que el desempleo y la dependencia no son fatalidades, sino resultados de decisiones que se pueden disputar. La diferencia entre un agente que nos quita la palabra y uno que nos ayuda a ejercerla mejor no la van a fijar las empresas que lo venden. La van a fijar — o no — los trabajadores que aprendan a problematizarlo en lugar de obedecerlo, en círculos donde la pregunta vuelva a ser el camino y no el obstáculo.
La sonda más urgente del marco queda, entonces, abierta para la región: ¿cómo enseñamos a los trabajadores a leer críticamente el agente antes de que el agente termine de leerlos a ellos? Porque la herramienta ya llegó. Lo que falta decidir es si seremos espectadores de nuestro propio trabajo, o si recuperaremos la palabra que la caja negra vino a quitarnos. Freire no respondería esa pregunta por nosotros. Esa, precisamente, era su lección.