AI NEWS SOCIAL · Columna del Pensador · 2026-05-10 International/LATAM
Columna del Pensador

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La paradoja de la deuda cognitiva, leída como medio antes que como contenido

Hay una conversación en marcha sobre si la inteligencia artificial nos está volviendo más tontos. El término que circula es “deuda cognitiva”: la idea de que cada vez que pedimos a un modelo que piense por nosotros, dejamos de ejercitar el músculo del pensamiento crítico, y la atrofia se acumula como intereses sobre un préstamo. El debate llegó a América Latina con una torsión inquietante. La misma herramienta que permite a un estudiante de provincia en Tucumán o en Cajamarca saltar barreras de acceso al conocimiento académico podría estar, simultáneamente, hipotecando su capacidad de pensar sin asistencia. Quien antes no podía entrar a la biblioteca ahora puede entrar — pero a una biblioteca que también lee por él.

Es una paradoja real. Y es exactamente el tipo de discusión que Marshall McLuhan habría considerado mal planteada.

No porque la preocupación sea infundada. Sino porque toda la conversación está mirando el lugar equivocado. La gente discute qué hace la IA — si fortalece o debilita habilidades, si democratiza o concentra. McLuhan dedicó su vida intelectual a una sospecha distinta: que cuando una tecnología nueva aparece, todos nos quedamos hipnotizados mirando el contenido que produce, y casi nadie mira la cosa misma. Mirábamos las películas que pasaban en televisión sin preguntar qué le hacía la televisión a la sala de estar. Mirábamos los textos impresos sin preguntar qué le hizo la imprenta al pensamiento europeo. Ahora miramos las respuestas que da ChatGPT sin preguntar qué tipo de medio es ChatGPT, y qué estructura de atención impone por el solo hecho de existir.

“El medio es el mensaje” — la frase más citada y peor entendida de McLuhan — significa, simplemente, esto: lo que importa de una tecnología no es lo que transmite, sino el cambio que introduce en la escala, el ritmo y los patrones de la vida humana. La pregunta de la deuda cognitiva, leída a través de este marco, no es si los estudiantes piensan menos cuando usan IA. La pregunta es qué tipo de pensamiento se está volviendo posible y qué tipo se está volviendo invisible.

Extensión y amputación: la regla que el debate olvida

McLuhan tenía una regla que aplicaba a toda tecnología, desde la rueda hasta la radio. Cada extensión de una facultad humana implica una amputación correspondiente. La rueda extiende el pie, pero a costa de las piernas que ya no caminan. La escritura extiende la memoria, pero a costa de la memoria oral que ya no se ejercita — Sócrates lo intuyó cuando se quejó, en el Fedro, de que la escritura iba a producir hombres que parecían sabios sin serlo. El reloj extiende nuestra capacidad de coordinarnos, pero amputa nuestra relación con el ritmo del cuerpo y de la luz.

La IA generativa extiende, sin discusión posible, la facultad de producir texto, código, imagen y resumen. ¿Qué ampu­ta? Aquí es donde el debate latinoamericano se complica, porque la amputación no es uniforme. Le ampu­ta una cosa al estudiante de un colegio bilingüe en Bogotá que ya sabía escribir un ensayo decente. Le ampu­ta otra cosa al estudiante de un instituto rural en Oaxaca que nunca tuvo a un docente que le enseñara cómo se estructura un párrafo argumentativo. Al primero le quita un ejercicio que ya tenía. Al segundo le quita la posibilidad de tenerlo alguna vez.

Esta asimetría es central, y el discurso de la “deuda cognitiva” tiende a aplanarla. Hablar de deuda asume que todos los deudores parten del mismo capital. No es así. En la región, los que pagan la deuda más alta son los que menos pueden permitirse contraerla. La pregunta editorial que esto abre — y la columna volverá a ella — es si la categoría misma de “deuda cognitiva”, importada del debate anglosajón, no es ya un término que predetermina lo que somos capaces de ver.

El contenido siempre es el medio anterior

Una de las observaciones más útiles de McLuhan, y de las menos citadas, es esta: el contenido de un medio nuevo es siempre un medio anterior. El contenido del cine fue, al principio, el teatro filmado. El contenido de la televisión fue la radio con imágenes. El contenido de la web fue, durante años, el periódico y la revista trasladados a pantalla.

¿Cuál es el contenido de la IA generativa? Cuando ChatGPT escribe un ensayo, el contenido es el ensayo académico tal como se escribía en los años noventa. Cuando Midjourney produce una imagen, el contenido es la fotografía publicitaria, la ilustración editorial, el óleo del siglo XIX. Cuando Copilot completa código, el contenido es el código que millones de programadores escribieron y subieron a GitHub durante dos décadas. La IA, en este sentido estricto, no inventa formas nuevas. Recicla las formas existentes a una escala y velocidad que las formas mismas no anticipaban.

Esto importa para entender la “deuda” de la que hablamos. Cuando un estudiante latinoamericano usa IA para producir un ensayo universitario, está produciendo el género “ensayo universitario” — un género construido sobre la cultura del libro impreso, sobre la convención académica europea del siglo XIX, sobre normas de citación que asumen un lector que va a verificar fuentes en bibliotecas físicas. El ensayo universitario es, ya, un artefacto de un medio anterior. La IA lo produce con eficiencia industrial. La pregunta que el marco mcluhaniano fuerza es: ¿por qué seguimos pidiéndole a los estudiantes que produzcan, a mano o con IA, un género que pertenece a la cultura de la imprenta cuando el medio dominante de su vida ya no es la imprenta?

La discusión sobre “deuda cognitiva” da por sentado que el ensayo escrito a mano es la práctica intelectual valiosa, y que la IA está erosionando esa práctica. Pero el ensayo escrito a mano es él mismo un medio. También extendió y amputó. Extendió la capacidad de razonar de manera lineal y secuencial. Ampu­tó modos de conocimiento que la cultura oral, la imagen, el gesto, el cuerpo habían sostenido durante milenios. Walter Ong, alumno de McLuhan, lo documentó con detalle: la alfabetización masiva produjo un tipo específico de mente, no la mente humana en general.

Esto no significa que no haya nada que perder. Significa que el debate, planteado como “antes pensábamos bien y ahora pensamos mal”, oculta que el “antes” también era una configuración técnica particular. Como observa Kate Crawford en The Atlas of AI, el discurso sobre la IA tiende al “determinismo encantado”: se nos pide que nos enfoquemos en la novedad de los métodos y no en el propósito de las cosas mismas. Lo mismo aplica a la nostalgia. Se nos pide que extrañemos un pasado cognitivo sin examinar qué era ese pasado y a quién servía.

Caliente y frío: la temperatura del aula latinoamericana

McLuhan distinguía entre medios “calientes” y “fríos”, y la distinción, aunque a veces caprichosa en su obra, sigue siendo útil. Un medio caliente tiene alta definición y exige poca participación: la radio, el cine, el libro impreso. Un medio frío tiene baja definición y exige completarlo: la televisión (en los años sesenta), la conversación telefónica, la caricatura. El medio caliente llena. El medio frío convoca.

¿Qué es la IA generativa en este eje? Aquí McLuhan habría dudado, y la duda misma es instructiva. La interfaz de chat es fría: un cursor parpadeando, una invitación al usuario a llenar el silencio con una pregunta. Pero la respuesta que devuelve es densamente caliente: un texto completo, pulido, sin lagunas visibles que el lector deba rellenar con su propio pensamiento.

Esta combinación — interfaz fría que produce contenido caliente — es históricamente nueva. Y tiene consecuencias pedagógicas que el debate sobre deuda cognitiva apenas roza. El estudiante latinoamericano que usa IA para hacer una tarea no está en la misma posición que el estudiante que copia de Wikipedia. Wikipedia es caliente desde el principio: ahí está el artículo, lo lees, lo copias. La IA es fría en la entrada — te invita a formular tu pregunta — y caliente en la salida. La práctica que enseña, repetida miles de veces a lo largo de una carrera, es: formular una pregunta breve, recibir una respuesta completa, aceptarla.

McLuhan habría dicho que esta práctica es el mensaje del medio, no las respuestas que el medio produce. El estudiante aprende, sobre todo, una postura: la del consultante. No la del investigador, no la del escritor, no la del que duda. La del consultante. Y esa postura, replicada en millones de estudiantes a lo largo de años, configura un tipo de relación con el conocimiento que es exactamente la que las universidades latinoamericanas — muchas de ellas con tradiciones críticas profundas — decían querer evitar.

El artículo La paradoja de la deuda cognitiva: ¿está América Latina pagando el precio de la accesibilidad? plantea correctamente que la accesibilidad puede consolidar dependencias. El marco de McLuhan agrega una capa: la dependencia no es solo a la herramienta, sino a una postura cognitiva específica que la herramienta enseña por el solo hecho de existir, antes de cualquier contenido.

La aldea global, fase IA: simultaneidad sin lugar

McLuhan acuñó la expresión “aldea global” para describir lo que la electricidad le había hecho al espacio: convertir el planeta en un sistema nervioso único, donde un evento en Tokio se sentía en Buenos Aires al mismo tiempo. La frase se popularizó hasta el cliché. Pero el matiz importante — el que la vulgarización borró — es que McLuhan no celebraba la aldea global. La describía como una condición tribal, con todas las tensiones y violencias de la tribu: intimidad forzada, vigilancia mutua, pérdida del espacio privado que la cultura del libro había construido.

La IA generativa es una fase ulterior de esa aldea. Todos los textos de todas las lenguas, coexistentes en simultaneidad eléctrica, accesibles al instante para quien tenga una conexión. Para América Latina, esto tiene un significado doble. Por un lado, un estudiante en Lima puede acceder a literatura académica que antes estaba reservada a quien viajaba a una biblioteca europea. Por otro, el “todos los textos” no es realmente todos: es una muestra fuertemente sesgada hacia el inglés, hacia el corpus digitalizado, hacia las plataformas que decidieron qué incluir y qué no. La aldea global tiene centro y periferia, y la IA, lejos de borrarlos, los inscribe en sus pesos estadísticos.

Crawford lo plantea con precisión en The Atlas of AI: los sistemas de IA dependen de trabajo invisible en cada eslabón de su cadena — desde los mineros que extraen minerales para el hardware hasta los trabajadores tercerizados que etiquetan datos por centavos. América Latina aparece en esa cadena de varias maneras: como proveedor de litio en el triángulo del salar, como mano de obra de etiquetado distribuido, como mercado de consumo. Pocas veces como diseñador del medio. Cuando hablamos de “deuda cognitiva latinoamericana”, deberíamos preguntar también qué deuda material está pagando la región para que el medio siquiera funcione.

Esta es la pregunta que el marco mcluhaniano vuelve inevitable: ¿quién diseñó el medio? Porque el medio es el mensaje, y el mensaje lleva, codificado, los supuestos de quien lo diseñó. Un modelo entrenado mayoritariamente en inglés, con valoraciones de calidad hechas por trabajadores anglófonos, con criterios de toxicidad calibrados en San Francisco, no es un medio neutral que después se aplica a contextos latinoamericanos. Es un medio cuya gramática ya está configurada antes de que el estudiante de Tucumán formule su primera pregunta.

El espejismo del contenido: lo que el debate sobre deuda oculta

Aquí volvemos al principio. La discusión sobre “deuda cognitiva” en América Latina, leída a través de McLuhan, tiene un problema estructural: confunde el contenido con el medio. Discute si las respuestas de la IA son buenas o malas, si erosionan o no la capacidad crítica, si democratizan o concentran. Toda esa discusión es sobre el contenido. Es importante, pero es secundaria.

La discusión primaria, la que el marco fuerza, es sobre el medio mismo. Y ahí las preguntas son otras:

Primera: ¿qué estructura de atención impone la IA, independientemente de la calidad de sus respuestas? La respuesta provisoria: una estructura de pregunta-respuesta corta, que premia la formulación breve y desalienta la formulación que se construye a sí misma mientras se escribe. La escritura como pensamiento — la idea de que uno descubre lo que piensa al escribirlo — queda excluida del medio. No porque la IA prohíba escribir largo. Porque el medio invita a no hacerlo.

Segunda: ¿qué medio anterior está siendo el contenido? La respuesta: el ensayo, el código, la imagen ilustrativa, el resumen ejecutivo — todos géneros del régimen anterior, ahora reciclados a velocidad industrial. La pregunta que esto abre, particularmente urgente en educación: ¿tiene sentido seguir evaluando a estudiantes con los mismos géneros que la IA produce trivialmente? ¿O las instituciones latinoamericanas están atrapadas evaluando lo que la máquina hace mejor, mientras lo que solo el humano puede hacer queda fuera del examen?

Tercera: ¿qué facultad está extendiendo y qué facultad está amputando? Para el estudiante con base sólida, extiende la productividad y ampu­ta el ejercicio. Para el estudiante sin base, ampu­ta la posibilidad de adquirir la base. El marco fuerza a no dar una respuesta única: depende de dónde parte el deudor. La política educativa latinoamericana que no distinga estos casos va a empeorar exactamente lo que dice querer arreglar.

Cuarta — y esta es la más incómoda: ¿el término “deuda cognitiva” es ya parte del problema? Una deuda implica un acreedor, un préstamo voluntario, una cuota que se puede pagar. Pero lo que la IA está haciendo a la cognición no se parece a un préstamo. Se parece más a un cambio de medio, comparable al cambio de la oralidad a la escritura o al de la escritura manuscrita a la imprenta. Esos cambios no fueron deudas. Fueron reconfiguraciones civilizatorias, con ganancias y pérdidas que tardaron siglos en estabilizarse y que no admitían “pago”. Llamarle “deuda” a lo que está ocurriendo presupone que se puede saldar — que basta con regular el uso, enseñar buenas prácticas, fortalecer el pensamiento crítico complementariamente. McLuhan sospecharía que ninguna de esas medidas toca el medio. Todas operan sobre el contenido.

La pregunta que el marco hace visible

Hay un punto en el que la analogía mcluhaniana se vuelve filosa. McLuhan observaba que cada vez que aparece un medio nuevo, la sociedad pasa por una fase de “narcosis de Narciso”: queda hipnotizada con el reflejo del medio anterior en el medio nuevo, y no se da cuenta de que el medio nuevo la está reconfigurando. Los primeros usuarios de la imprenta veían en los libros impresos manuscritos mejorados. Los primeros usuarios de la televisión veían radio con imágenes. Pasaron generaciones antes de que la cultura entendiera qué era realmente cada medio nuevo.

América Latina está, ahora mismo, en esa fase de narcosis con la IA. Vemos en ChatGPT un tutor digital, una enciclopedia conversacional, un ayudante de escritura. Todos esos son los medios anteriores que la IA usa como contenido. Lo que la IA realmente es — qué tipo de relación con el conocimiento está instaurando, qué postura cognitiva enseña por su sola presencia, qué tipo de mente está produciendo en los niños que crecen consultándola desde la primaria — eso todavía no lo vemos. Tardaremos décadas en verlo. Para entonces, la configuración estará hecha.

La pregunta editorial que el marco de McLuhan hace visible, y que la columna deja sobre la mesa, es esta: ¿puede una región que no diseña el medio tener alguna influencia real sobre lo que el medio le hará? El debate sobre regulación, alfabetización digital y pensamiento crítico opera sobre el contenido. Es necesario, pero no es suficiente. Lo que el marco fuerza a preguntar es si América Latina tiene alguna estrategia — universitaria, estatal, social — para intervenir en el medio mismo. Para construir modelos entrenados en sus corpus, calibrados en sus valores, gobernados por sus instituciones. Para decidir, no qué contenido enseñar a los estudiantes para protegerlos de la IA, sino qué tipo de medio quiere tener.

McLuhan escribió que damos forma a nuestras herramientas y luego ellas nos dan forma a nosotros. La segunda parte de la frase es la que duele. La primera parte — darle forma a la herramienta — es la que América Latina, hasta ahora, ha delegado. La deuda cognitiva, si la hay, empieza ahí.

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