AI NEWS SOCIAL · Columna del Pensador · 2026-06-21 International/LATAM
La ola de los agentes: cuando todos miran lo que hace la IA y nadie mira qué medio es

La ola de los agentes: cuando todos miran lo que hace la IA y nadie mira qué medio es

Esta semana la noticia llegó con un acento práctico. Los agentes de IA autónomos —programas que ejecutan tareas administrativas sin que nadie los vigile paso a paso— aterrizan en América Latina con suscripciones que un freelancer de Bogotá o un contador de Rosario pueden pagar. La promesa es vieja y conocida: productividad. Hacé más con menos. Delegá lo aburrido. Pero debajo de la promesa hay un cambio de estructura que casi nadie está nombrando, porque casi todos miran lo que el agente hace en lugar de preguntarse qué tipo de medio es.

Esa distinción es el corazón del aparato de McLuhan. Y es justamente la distinción que el discurso comercial de esta semana borra a plena vista.

La trampa del contenido

McLuhan tenía una sospecha que sonaba contraintuitiva y resultó ser durable. El contenido de un medio, decía, es lo que nos distrae de ver el medio. Cuando llegó la televisión, todos discutían los programas —si eran buenos o malos, educativos o basura— y casi nadie discutía qué le hacía la televisión a la estructura de la atención, al ritmo del día, a la forma de la sala. El contenido es el pedazo de carne que el ladrón le tira al perro guardián de la mente, escribió. Mientras la mente mastica el contenido, el medio entra sin ser visto.

Apliquemos eso a los agentes. El contenido del agente son sus resultados: el correo redactado, la planilla ordenada, la factura emitida, el resumen de la reunión. Todo el marketing de esta semana apunta a ese contenido. “Mirá cuánto tiempo ahorrás.” “Mirá qué bien escribe.” El lector queda absorto evaluando la calidad del output —¿está bien redactado el correo?, ¿es correcta la planilla?— y mientras tanto el medio entra por la puerta de atrás.

¿Cuál es el medio, entonces? No el correo. El medio es el cambio en la relación entre el trabajador y su propia ejecución. El agente no extiende solamente la capacidad de escribir correos. Extiende —y esta es la palabra técnica de McLuhan— una facultad humana: la de ejecutar una tarea de principio a fin. Y toda extensión, en su marco, implica una amputación correspondiente.

Extensión y amputación

Acá conviene traducir el aforismo más famoso del autor antes de usarlo con libertad. “El medio es el mensaje” no quiere decir que el contenido no importe. Quiere decir que el efecto más profundo de una tecnología no está en lo que transporta sino en la estructura nueva que impone: cómo cambia la escala, el ritmo y los patrones de la vida humana. El mensaje del ferrocarril no fueron los pasajeros ni la carga, sino las ciudades nuevas y los tiempos nuevos que el ferrocarril hizo posibles.

El segundo aforismo lo complementa: nosotros damos forma a nuestras herramientas, y después ellas nos dan forma a nosotros. Primero diseñamos el agente para que haga la tarea como nosotros la haríamos. Después el agente, instalado, empieza a darnos forma a nosotros —a nuestra atención, a nuestras destrezas, a nuestro lugar en la cadena de trabajo.

La extensión del agente es clara: ejecuta. La amputación es más difícil de ver, y por eso vale la pena mirarla de frente. Lo que se amputa es la disciplina de la ejecución misma. El trabajador deja de hacer la tarea y pasa a supervisar a quien la hace. Pero ese “quien” es una caja negra. No es un colega cuyo razonamiento se puede seguir. Es un proceso cuyas decisiones internas el supervisor no ve ni entiende.

Esto importa porque la destreza de ejecutar no es decorativa. Es la que produce el juicio. Quien redactó mil correos sabe oler el correo mal redactado. Quien armó cien planillas sabe dónde se esconde el error. Cuando la ejecución se amputa, la base del juicio se atrofia con ella —no de golpe, sino tarea por tarea, como músculo que no se usa. El marco de McLuhan no celebra ni condena esto. Lo hace visible. Pregunta: ¿qué facultad se extiende, y qué se atrofia en el mismo gesto?

La respuesta esta semana es incómoda. Se extiende la productividad medible. Se amputa la competencia que permitiría detectar cuándo el agente se equivocó.

El medio anterior como contenido del medio nuevo

McLuhan tenía otra regla que ilumina este caso. El contenido de un medio nuevo, decía, siempre es un medio viejo. El contenido del cine fue la novela. El contenido de la televisión fue el cine y la radio. Cada medio nuevo se traga al anterior y lo presenta como su material.

¿Cuál es el medio viejo que el agente recicla como contenido? El trabajo administrativo humano. El agente no inventa la tarea de ofimática. La emula. Imita el gesto de la secretaria, del asistente, del oficinista. Y acá el marco se cruza con algo que la obra crítica reciente ya documentó. En The Atlas of AI - Power, Politics, and the Planetary Costs se observa que la labor secretarial “se ha automatizado crecientemente desde los años ochenta y ahora es emulada por asistentes de IA altamente feminizados como Siri, Cortana y Alexa”. Y la misma obra agrega el dato que el marketing omite: que los trabajadores del conocimiento, esos empleados de cuello blanco que se suponía menos amenazados por la automatización, “se encuentran” ahora dentro del mismo proceso.

La palabra clave es emulada. El agente toma el trabajo administrativo —un medio viejo, una forma vieja de organizar el esfuerzo humano— y lo convierte en su contenido. Y como en cualquier traducción de un medio a otro, algo se transforma en el camino. Lo que era una relación entre personas —el oficinista que redacta, el jefe que revisa, el colega que corrige— se vuelve una relación entre una persona y un proceso.

Ese cambio de relación es el mensaje. No el correo bien escrito. El correo bien escrito es el pedazo de carne para el perro guardián.

Caliente y frío: la temperatura de la caja negra

McLuhan clasificaba los medios por su “temperatura”. Un medio caliente entrega mucha información y deja poco que completar; un medio frío entrega poco y exige que el receptor llene los huecos con su propia participación. La conferencia es caliente; el seminario es frío. La fotografía es caliente; la caricatura es fría. La distinción no es valorativa —es una herramienta para preguntar cuánta participación demanda un medio.

¿Qué temperatura tiene el agente autónomo? Visto desde el output, es ardientemente caliente. Entrega un resultado terminado, pulido, completo. No deja huecos. El usuario no completa nada: recibe el correo redactado y le da enviar. Esa temperatura alta es exactamente lo que se vende como comodidad.

Pero el marco de McLuhan obliga a notar la consecuencia. Un medio caliente, que no exige participación, produce un receptor pasivo. El trabajador frente a un agente caliente no piensa la tarea —la aprueba. Y aprobar sin entender es lo que en otro vocabulario se llamaría una caja negra: un proceso cuyo interior no se inspecciona porque la temperatura del medio desalienta inspeccionarlo.

La crítica reciente puso el dedo en esta lógica. En The Atlas of AI - Power, Politics, and the Planetary Costs se cita la observación de un equipo de investigación sobre trabajo en plataformas: los clientes “esperan la completación barata, ‘sin fricción’, del trabajo sin supervisión, como si la plataforma no fuera una interfaz hacia trabajadores humanos sino una vasta computadora sin gastos de subsistencia”. Sin fricción es la palabra reveladora. La fricción es justamente lo que un medio frío produce: el roce de la participación, el esfuerzo de completar el hueco. El agente vendido como “sin fricción” es un medio diseñado para anular la participación del usuario en su propio trabajo.

McLuhan no llamaría a eso eficiencia. Lo llamaría una temperatura. Y preguntaría qué le pasa a una facultad humana que deja de rozar contra la tarea.

La aldea global, fase administrativa

Hay una capa más, y es la que el marco de McLuhan ilumina con más fuerza. El autor describió la “aldea global” —la condición en que la velocidad electrónica colapsa la distancia y pone a todos en contacto simultáneo. Era una imagen de los años sesenta, pensada para la radio y la televisión. Pero su gramática sirve para leer lo que pasa con los agentes en América Latina esta semana.

Cuando un agente autónomo se vuelve accesible por suscripción barata en cualquier país de la región, lo que se globaliza no es solo una herramienta. Es una estructura de mando. El agente no llega solo. Llega con la lógica de la plataforma que lo provee. Y esa lógica, como toda extensión electrónica, opera en simultaneidad: el mismo agente, la misma arquitectura, el mismo dueño, en Lima y en Montevideo a la vez.

Acá la obra crítica reciente vuelve a ser útil. En After shock se describe un horizonte que ya dejó de ser ficción: trabajadores humanos que “tendrán, en efecto, un jefe de IA diciéndoles qué hacer, evaluando su trabajo, y decidiendo en última instancia si merecen un aumento, un bono, una advertencia o el despido”. Esa es la aldea global en su fase administrativa. No el aldeano conectado a la información del mundo, sino el aldeano dirigido por un sistema que no vive en su aldea, que no entiende su contexto, y que mide su trabajo con las cadencias de una lógica computacional.

El marco de McLuhan no leería esto como un problema de “malos algoritmos” que se podrían arreglar con mejor código. Lo leería como el mensaje del medio. La estructura nueva —el agente como capa entre el trabajador y su tarea, y la plataforma como capa entre el agente y su dueño— es el efecto. No es un accidente que se corrige. Es la forma que la herramienta impone a la vida cuando se asienta.

Y conviene nombrar el aspecto social sin eufemismos, porque es el punto donde el marco se vuelve político. Cuando el agente se vuelve accesible, no se democratiza el poder. Se democratiza la dependencia. El trabajador latinoamericano que paga su suscripción no compra autonomía —compra una posición en una cadena de mando cuyo extremo superior está en otra parte. La misma obra observa cómo los gigantes tecnológicos prefieren contratistas a empleados de planta, porque el contratista “no requiere los mismos servicios de salud, seguro, pensiones y otros beneficios”. El agente acelera esa preferencia. Cada tarea que el agente absorbe es una tarea que ya no justifica un empleo estable.

Figura y fondo: lo que se ve y lo que sostiene lo que se ve

McLuhan tomó prestado de la psicología de la percepción un par de términos que vale la pena traducir. La figura es lo que mira la atención; el fondo es el campo invisible que la hace posible. Miramos la figura y el fondo desaparece de la conciencia, aunque sea el fondo el que sostiene todo.

En la ola de los agentes, la figura es la productividad. Es lo que ocupa el centro de la pantalla, el titular, la demostración. El fondo —lo que sostiene esa figura y se vuelve invisible— es la infraestructura de poder económico que la columna debe nombrar: quién es dueño del agente, dónde van los datos del trabajo, quién decide cuándo el agente cambia de comportamiento, qué pasa con el trabajador cuando la suscripción sube de precio o el agente mejora lo suficiente como para no necesitarlo.

El marco de McLuhan hace un trabajo preciso acá. Invierte la atención. Insiste en mirar el fondo. Y al mirarlo, una cosa se vuelve visible que la figura escondía: el trabajador que se vuelve “supervisor” de un agente no asciende. Cambia de lugar en una estructura que no diseñó y no controla. Su nuevo rol —aprobar lo que la caja negra produce— es más frágil que el viejo, no más fuerte. Porque el supervisor de un proceso que no entiende es prescindible en el momento en que el proceso aprende a aprobarse a sí mismo.

Esto enlaza con una intuición que aparece en After shock sobre las formas de organización social “mucho más poderosas e inteligentes que cualquiera en la historia humana” que parecen estar emergiendo —un superorganismo, en sus palabras, hecho de humanos y máquinas. El marco de McLuhan no necesita esa palabra grandilocuente. Le basta con su regla: la herramienta nos da forma. El agente que el trabajador instala para ahorrar tiempo es la herramienta que después le da forma a su día, a su destreza y a su posición. Primero la moldeamos. Después ella nos moldea.

La alfabetización que el marco exige

Si el medio es el mensaje, entonces la defensa del lector no puede consistir en aprender a usar mejor los agentes. Eso es quedarse en el contenido. La alfabetización crítica que el marco de McLuhan exige es de otro orden: aprender a ver el medio como medio. Preguntar, frente a cada agente que se ofrece, no solo “¿qué hace bien?” sino “¿qué facultad mía extiende y cuál amputa?”, “¿qué relación de poder instala?”, “¿qué fondo esconde su figura brillante?”.

Esa es una alfabetización del fondo, no de la figura. Y es difícil precisamente porque el medio caliente —el agente sin fricción— está diseñado para no provocarla. La comodidad es el anestésico. McLuhan llamaba a esto el “narciso narcosis”: el adormecimiento que produce contemplar nuestra propia extensión sin reconocerla como nuestra. Narciso no se enamoró de sí mismo. Se enamoró de un reflejo que no reconoció como propio, y se quedó dormido mirándolo. El trabajador que mira su agente producir correos perfectos corre el mismo riesgo: contemplar una extensión de su propia facultad sin reconocer que, al contemplarla, deja de ejercerla.

La salida no es rechazar la herramienta. Es resistir la narcosis. Es mantener la fricción a propósito —seguir ejecutando lo suficiente como para conservar el juicio que permite supervisar de verdad. Un supervisor que no podría hacer la tarea no supervisa. Aprueba a ciegas.

La pregunta que el marco hace visible

El discurso comercial de esta semana propone una pregunta: ¿cuánto tiempo te ahorra el agente? Es la pregunta de la figura, la del contenido, la del pedazo de carne para el perro guardián.

El marco de McLuhan propone otra, y es la que esta columna deja sobre la mesa. Si toda extensión es una amputación, y si el medio —no el contenido— es el mensaje, entonces la pregunta para el lector latinoamericano que considera suscribirse a un agente no es qué gana en productividad. Es qué facultad está cediendo, a quién se la cede, y si conservará la destreza necesaria para no quedar a merced de un proceso que no entiende y de un dueño que no ve.

Porque la herramienta que hoy promete liberarlo del trabajo aburrido es la misma que mañana, si nadie mira el fondo, le dará forma a un trabajo donde su única función será aprobar lo que una caja negra decidió. Y aprobar sin poder juzgar no es supervisar. Es obedecer con otro nombre.

El agente extiende la ejecución. La pregunta es si, en el mismo gesto, no estará amputando la única cosa que volvía indispensable al trabajador: su capacidad de saber cuándo el resultado está mal. Esa capacidad no se compra por suscripción. Y una vez atrofiada, no hay actualización del software que la devuelva.

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