El costo oculto de la máquina limpia
I. La pregunta de la semana
Hay una palabra que la industria de la inteligencia artificial ha logrado adherir a sus productos con la eficacia de una etiqueta de fábrica: nube. La metáfora es perfecta porque es celestial —liviana, sin peso, sin lugar, sin cuerpo— y porque miente exactamente sobre lo que oculta. Debajo de la nube hay galpones del tamaño de estadios que sudan calor, ríos desviados hacia torres de refrigeración, minas de litio y cobalto, y una franja de trabajadores mal pagos en Nairobi, Manila o Buenos Aires que etiquetan imágenes de violencia durante ocho horas para que un modelo aprenda a no mostrarlas. La pregunta de esta semana es cómo la conversación pública latinoamericana llegó a nombrar ese sótano material y humano de la IA —y con qué rapidez volvió a taparlo.
El arco es corto pero revelador: cuarenta y cuatro intervenciones a través de cuatro trimestres, con dos inversiones de tono claramente marcadas. A fines de 2024 predominaba la sospecha; en el primer trimestre de 2025 una marea de optimismo la sepultó, con once encuadres celebratorios contra siete críticos; hacia mediados de año el péndulo se devolvió con fuerza hacia la alarma, y para el tercer trimestre la discusión se estabilizó en un empate tenso, ocho a ocho. Lo que se traza en estas páginas no es solo una oscilación de estados de ánimo. Es la historia de cómo una tecnología cuyo costo es medible en litros de agua, toneladas de dióxido de carbono y salarios de miseria consiguió, durante meses, presentarse como la protagonista de la sostenibilidad global —y de qué manera la evidencia material fue erosionando, artículo por artículo, esa coartada. El arco enfrenta dos relatos: el de la máquina limpia y el del cuerpo que la sostiene.
II. Lo que hemos venido diciendo
La retórica arrancó dividida contra sí misma. En diciembre de 2024, la conversación regional entraba al tema por la puerta del derecho, no por la del asombro: un ensayo alojado en la biblioteca de la Universidad de los Andes advertía sobre la inteligencia artificial y el control algoritmico de los derechos fundamentales, señalando que los algoritmos condicionan la vida cotidiana de un modo que el ciudadano promedio apenas alcanza a percibir. El encuadre era de sospecha, y en ese trimestre la sospecha ganaba dos a uno. La palabra costo aparecía asociada a derechos, no todavía a recursos.
Luego llegó el primer trimestre de 2025 y con él una inversión brusca. Once encuadres optimistas contra siete críticos: el tono celebratorio no solo ganó, arrolló. El diario madrileño que declaraba a la Inteligencia Artificial: motor de transformacion social y sostenibilidad global fijó el vocabulario dominante de la temporada: la IA como aliada del desarrollo sostenible, como herramienta de equidad, como fuerza de progreso que solo requería ser “ética y regulada” para desplegar sus bondades. La misma cadencia recorría el análisis de la IA generativa: Un arma de doble filo en sostenibilidad, donde la metáfora del arma de doble filo cumplía una función retórica precisa: reconocer un riesgo apenas lo suficiente para neutralizarlo, para que el filo bueno siguiera cortando.
Lo notable es que las voces críticas del mismo trimestre no negaban la utilidad de la tecnología: cuestionaban su reparto. La experta consultada por La Jornada sobre la Concentracion de IA, posible riesgo para los derechos humanos y la seguridad desplazó el debate del “qué puede hacer” al “quién la controla”, advirtiendo que la concentración del desarrollo profundizaría la brecha tecnológica entre países. Y un texto que anticipó el giro material, Las nuevas herramientas de IA tambien tienen impacto social, nombró por primera vez en el arco la expresión que organizaría todo lo demás: los costos ocultos del desarrollo, aquellos que “van más allá de lo económico o lo medioambiental”. El optimismo dominaba la superficie, pero el vocabulario de lo escondido ya se estaba armando por debajo.
Aquí conviene desconfiar de la propia palabra sostenibilidad, porque durante ese trimestre operó menos como descripción y más como blindaje. García Canclini lo había anticipado en Ciudadanos reemplazados por algoritmos cuando describía el modo en que la inteligencia artificial se presenta como “una forma de superyó dotado en todo momento de la intuición de la verdad” que orienta nuestras acciones “hacia el mejor de los mundos posibles”. Esa es exactamente la gramática del motor de sostenibilidad: la máquina no solo funciona, funciona en dirección al bien, y quien la cuestiona se ubica del lado del atraso. La retórica optimista de 2025-Q1 no describía una tecnología; entronaba una promesa.
El segundo trimestre quebró el hechizo. La proporción se invirtió otra vez —ahora cinco críticos contra dos optimistas— y las voces que la sostuvieron ya no eran comentaristas sino instituciones con peso. El reporte que reunía a Mas de 4.000 cientificos sobre lo que nos espera con la IA trasladó la discusión del terreno de la opinión al de la evidencia acumulada. Y cuando el jefe de derechos humanos de la ONU declaró que si no actuamos rapidamente, podemos perder la batalla, el registro pasó del entusiasmo a la urgencia. La palabra batalla no es la palabra de quien administra una herramienta; es la de quien enfrenta una amenaza.
El tercer trimestre no resolvió la tensión, la institucionalizó: ocho a ocho, un empate que es en sí mismo un dato. La conversación aprendió a decir las dos cosas a la vez. El texto que preguntaba por qué la Innovacion o riesgo: por que la IA necesita reglas humanas reconocía beneficios concretos y medibles —reducción de tiempos de diagnóstico— en la misma respiración con que exigía límites. La Etica de la IA se instaló como marco: ya no se discutía si había costos, sino cómo gobernarlos. En dieciocho meses la conversación viajó del asombro a la sospecha, y de la sospecha a una madurez incómoda que sostiene la contradicción sin cerrarla. Lo que quedó desplazado en ese viaje fue la palabra que más importa: no ética ni riesgo en abstracto, sino agua, carbono y salario.
III. Lo que ha venido pasando
Mientras la retórica oscilaba, la realidad material no oscilaba: crecía en una sola dirección. El dato que ancla todo el arco es de una crudeza que la palabra nube fue diseñada para evitar. Según el trabajo sobre La voraz inteligencia artificial, el desarrollo y uso de estos sistemas consume más energía que casi todos los países del mundo, con un impacto devastador sobre el agua, el suelo y la emisión de dióxido de carbono. No es una proyección alarmista sobre el futuro: es una contabilidad del presente. Cada consulta a un modelo grande tiene un peso físico, y ese peso se paga en cuencas hidrográficas y en redes eléctricas reales.
El detalle importa porque desmonta la metáfora. El análisis sobre el Impacto Ambiental de la IA Avanzada: Energía, Emisiones y Soluciones explica que el costo se concentra en el entrenamiento —el proceso de “enseñar” al modelo— y que ese entrenamiento no ocurre en el cielo sino en centros de datos que hierven. La inteligencia artificial y su impacto en el medio ambiente, en un texto de la Universidad Fidélitas de Costa Rica, insiste en el mismo punto desde la región: detrás del avance tecnológico impresionante hay un crecimiento acelerado cuyo reverso ambiental rara vez aparece en los folletos. La distancia entre lo que se dice y lo que pasa es literalmente la distancia entre una metáfora atmosférica y un galpón refrigerado con agua potable.
Y luego está el otro sótano, el humano, que es donde el arco alcanza su temperatura moral más alta. La imagen limpia de la IA se sostiene sobre un trabajo deliberadamente invisibilizado. Crawford lo documentó con precisión en The Atlas of AI: el trabajo que alimenta estos sistemas “toma muchas formas —trabajo de cadena de suministro, crowdwork bajo demanda y empleos tradicionales del sector servicios—” y las “formas explotadoras de trabajo existen en todas las etapas del pipeline de la IA, desde el sector minero, donde los recursos se extraen y transportan para crear la infraestructura central, hasta el lado del software, donde fuerzas laborales distribuidas reciben centavos por microtarea”. Esa es la anatomía completa: la máquina limpia empieza en una mina y termina en una persona que gana centavos por clasificar contenido tóxico.
La conversación regional fue nombrando ese cuerpo con creciente nitidez. El reportaje sobre El lado oscuro de la IA: datos, explotación y silencio enlazó los efectos invisibles en una sola cadena —vulneraciones a la privacidad, sesgos algorítmicos, precarización laboral, uso opaco de datos— y colocó el silencio en el título, porque el silencio es parte del producto. El análisis desde la UNAM que preguntaba si la inteligencia artificial reduce desigualdades o las profundiza sumó las dimensiones ambiental, laboral, cultural y de género en un mismo balance, y la respuesta implícita fue que los grandes modelos concentran beneficios arriba y externalizan costos abajo, que es la definición operativa de una desigualdad que se profundiza.
Aquí la biblioteca latinoamericana ofrece una clave que los reportes técnicos no alcanzan a formular. Marta Peirano, en El enemigo conoce el sistema, describe cómo en China “el Ministerio de Trabajo se ha convertido en el Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social, uniendo la institución creada para proteger la integridad del mercado de trabajo con la empresa diseñada específicamente para destruirlos”. El etiquetado de datos por microtarea es la versión global de ese cruce: la protección laboral disuelta en una plataforma que llama flexibilidad a lo que es precariedad, y talento distribuido a lo que es una fila de trabajadores sin contrato. La paradoja recorrió incluso el corazón de la industria, como registró el ensayo sobre Cuando los creadores son reemplazados: en Meta, los ingenieros que construyeron los sistemas fueron desplazados por ellos. Si la máquina devora a sus propios arquitectos bien pagos, el destino de las manos anónimas del final de la cadena no requiere mucha imaginación.
La región tiene un motivo material para prestar atención que va más allá de la solidaridad. Costa Rica exporta 22,9% de alta tecnología sobre su manufactura total, según los datos país de 2024, y Argentina apenas 3,9%: la asimetría anticipa quién alojará los centros de datos y quién proveerá el agua y la energía para enfriarlos. El debate sobre Politica Publica en la Inteligencia Artificial: Entre la Adaptacion y la Regulacion insistió en que la IA debe ser aliada del desarrollo humano y no amenaza a la autonomía, pero la pregunta que el arco deja sin responder es sobre cuál territorio caerá el costo físico de esa aliada. Cuando un centro de datos se instala en una cuenca latinoamericana, la nube deja de ser metáfora y se convierte en factura de agua.
IV. Donde se encuentran, donde se pierden
La retórica y la realidad se encontraron una vez, con claridad, en el segundo trimestre de 2025, cuando la evidencia acumulada —cuatro mil científicos, el jefe de derechos humanos de la ONU— empujó la conversación desde el entusiasmo hacia la alarma. Ese fue el momento en que lo que se venía diciendo alcanzó a lo que venía pasando: el tono crítico no fue una moda intelectual, fue una respuesta demorada a un costo que ya era medible. La inversión de 2025-Q2 no fue un cambio de humor; fue la realidad cobrando una deuda retórica.
Pero se perdieron de vista en dos lugares, y ambos merecen ser nombrados. El primero es el trimestre del optimismo, cuando la palabra sostenibilidad se adhirió a la IA justo mientras los datos de consumo de agua y energía apuntaban en dirección contraria. Llamar motor de sostenibilidad a una tecnología que emite tanto como países enteros no es un error de cálculo: es una operación de sentido. Tarcízio Silva la diagnosticó con precisión en Racismo algorítmico al señalar que “la supuesta neutralidad algorítmica retira” la responsabilidad de quienes diseñan y lucran con estos sistemas. La coartada de la limpieza cumple la misma función que la coartada de la neutralidad: ambas desaparecen al agente que debe responder. Si la máquina es limpia y neutral, nadie firma la factura del agua ni la nómina de miseria.
El segundo desencuentro es más sutil y es el que domina el presente. El empate ocho a ocho del tercer trimestre parece madurez —al fin la conversación sostiene beneficio y costo en la misma frase— pero también puede ser una forma de parálisis. Decir siempre las dos cosas es, a veces, no comprometerse con ninguna. El marco de la ética de la IA tiene esa virtud y ese vicio: eleva el debate y, al mismo tiempo, lo traslada a un terreno abstracto donde el litro de agua y el salario de centavos se disuelven en principios. Un ensayo anterior de esta publicación, el análisis crítico sobre inteligencia artificial y aspectos sociales del 28 de septiembre de 2025, ya advertía que la equidad y la inclusión se invocan con facilidad retórica y se implementan con dificultad material. La ética sin contabilidad es la sostenibilidad de 2025-Q1 con mejores modales.
El texto que más nítidamente unió los dos sótanos —el ambiental y el humano— fue el que habló del poder oculto de la inteligencia artificial, porque la palabra oculto es la que organiza todo el arco. Y el marco de derechos que ofreció Desafíos para la democracia y los derechos humanos —colonialismo digital, injusticia automatizada, desigualdad— es el que devuelve la discusión desde la ética abstracta hacia el terreno donde alguien gana y alguien paga. La síntesis editorial de esta columna es que el arco progresó realmente —de la ingenuidad a la sospecha informada— pero que su tarea pendiente es resistir la comodidad del equilibrio. Nombrar el costo no equivale a cobrarlo.
V. La perspectiva histórica
En dieciocho meses, la conversación latinoamericana sobre la inteligencia artificial hizo un trabajo genuino: aprendió a mirar debajo de la nube. Pasó del asombro de fin de 2024 a la marea celebratoria de comienzos de 2025, del quiebre alarmado de mitad de año al empate lúcido del tercer trimestre. En ese recorrido la palabra sostenibilidad perdió su brillo de coartada y la expresión costos ocultos ganó su lugar como la más precisa del debate. El logro no es menor: una tecnología que sus vendedores presentaban como liviana, celestial y limpia quedó reconectada con su cuerpo material —las cuencas que enfría, la energía que devora, las manos que la entrenan por centavos.
Lo que falta es el paso de nombrar a cobrar. Una discusión que sostiene beneficio y costo en perfecto equilibrio corre el riesgo de administrar la contradicción en lugar de resolverla, y ese equilibrio favorece siempre a quien ya tiene la máquina encendida. La región llega a este punto con un dato incómodo en el bolsillo: los centros de datos que enfrían la nube buscan territorios con agua barata y regulación blanda, y ese perfil describe buena parte de América Latina. La pregunta no es si la IA tiene un costo, porque ya sabemos que se mide en litros, toneladas y salarios. La pregunta es quién lo firma.
La nube no existe: existe un galpón que hierve, una cuenca que se seca y una mano que etiqueta el horror por centavos para que la pantalla se vea limpia.
Referencias
- La voraz inteligencia artificial
- Desafíos para la democracia y los derechos humanos
- Impacto Ambiental de la IA Avanzada: Energía, Emisiones y Soluciones …
- El lado oscuro de la IA: datos, explotación y silencio
- La inteligencia artificial y su impacto en el medio ambiente
- ¿La inteligencia artificial reduce desigualdades o las profundiza aún …
- La inteligencia artificial y el control algoritmico de los derechos fundamentales
- Las nuevas herramientas de IA tambien tienen impacto social
- La Inteligencia Artificial: motor de transformacion social y sostenibilidad global
- Concentracion de IA, posible riesgo para los derechos humanos y la seguridad: experta
- Cuando los creadores son reemplazados: paradoja de la IA y el futuro del trabajo
- Inteligencia Artificial: Perspectivas Contrapuestas sobre su Impacto en la Sociedad
- Democracia Artificial: navegando el impacto de la IA en la sociedad latinoamericana
- IA generativa: Un arma de doble filo en sostenibilidad
- Politica Publica en la Inteligencia Artificial: Entre la Adaptacion y la Regulacion
- Mas de 4.000 cientificos revelan que nos espera con la Inteligencia Artificial
- El jefe de derechos humanos de la ONU alerta sobre la IA: “Si no actuamos rapidamente, podemos perder la batalla”
- Innovacion o riesgo: por que la IA necesita reglas humanas
- Cuando la inteligencia artificial se convierte en una amenaza: el peligro detras del poder tecnologico
- Etica de la IA: los dilemas y el debate crucial que define nuestro futuro