AI NEWS SOCIAL · La Perspectiva Histórica · 2026-06-21 International/LATAM
El terapeuta que nadie examinó

El terapeuta que nadie examinó

I. La pregunta de la semana

La pregunta que esta columna persigue durante los próximos cinco apartados es engañosamente simple: ¿qué clase de cosa es un confidente que no tiene credencial, ni colegiatura, ni secreto profesional, ni cuerpo que se canse, y que sin embargo escucha a millones de personas describir su sufrimiento más íntimo a las tres de la mañana? Los chatbots conversacionales —ChatGPT, Character.AI, DeepSeek, las aplicaciones de “bienestar” que se instalan en treinta segundos— han ocupado, sin que nadie los designara para ello, una función que durante un siglo perteneció a un gremio examinado: la del que recibe la angustia ajena y responde. No fueron entrenados para eso. No fueron auditados para eso. Y, sin embargo, ahí están.

El arco que trazaremos abarca tres trimestres de cobertura hispanoamericana, desde finales de 2024 hasta el tercero de 2025, y tiene una forma que conviene anunciar de entrada: empezó como entusiasmo y terminó como alarma. En el primer trimestre de 2025 nuestro rastreo registró siete encuadres optimistas por cada cuatro críticos; para el tercero la proporción se había invertido, veinte críticos contra dieciséis optimistas, y el volumen total casi se había triplicado. No hubo un único punto de quiebre —ningún titular que de un día para otro cambiara la conversación—, sino un deslizamiento, una corrección de rumbo que el periodismo de la región fue haciendo a medida que la promesa chocaba contra los hechos.

Lo que sigue separa deliberadamente dos relojes: el de lo que la conversación pública vino diciendo sobre estas máquinas, y el de lo que las máquinas, los reguladores y los muertos vinieron haciendo. Cuando los dos relojes coinciden, hay aprendizaje colectivo. Cuando divergen, hay un costo, y ese costo, como veremos, no se reparte de manera pareja.

II. Lo que hemos venido diciendo

La retórica inaugural fue la del alivio doméstico. En diciembre de 2024, un artículo de El Economista mexicano ofrecía, sin ironía, “¿Deprimido por la Navidad? 5 herramientas de salud mental con IA”: la depresión estacional resuelta con una lista de aplicaciones, como quien recomienda recetas para la cena de fin de año. El encuadre era el del consumo asistido, el de la herramienta que se prueba y se descarta. Nadie hablaba todavía de riesgo; se hablaba de disponibilidad.

Ese registro —el de la abundancia tranquilizadora— dominó el primer trimestre de 2025. La Nación de Buenos Aires publicó un perfil cuyo título lo dice todo, “Mi psicólogo es un robot: la IA emerge como alternativa para problemas de salud mental”, y la prosa se volvía casi devocional: “un compañero etéreo que jamás interrumpe y siempre encuentra palabras certeras. Eternamente disponible”. La palabra clave era disponibilidad, y operaba como un argumento moral encubierto: si el psicólogo humano cuesta, tiene lista de espera y se va de vacaciones, y la máquina no, entonces la máquina es más democrática. Desde Santo Domingo, una crónica de RFI describía a “los agentes conversacionales de la IA, disruptores y socios en una sociedad en plena transformación” como “un confidente o un amigo, un compañero de aprendizaje, un terapeuta, a veces incluso un amante”. La enumeración misma era el síntoma: una sola interfaz que promete ser todas las relaciones a la vez.

Pero ya en ese mismo trimestre la retórica empezó a admitir grietas, y conviene no idealizar la cronología como si la crítica hubiera llegado tarde. La República advirtió, en enero, que “la empatía de los chatbots enfrenta sesgos raciales en sus respuestas”: la máquina que “siempre encuentra palabras certeras” las encontraba mejores para unos usuarios que para otros. Esa observación tiene un linaje que el periodismo de salud no siempre nombra, pero que es exacto. Tarcízio Silva ha documentado en Racismo algorítmico: inteligência artificial e discriminação nas redes digitais (2022) cómo la incorporación de inteligencia artificial se extiende a esferas cada vez más sensibles —de la seguridad pública a la enseñanza— arrastrando consigo discriminaciones que no son fallas accidentales del sistema, sino su sedimento. Un terapeuta que distribuye su empatía según el color de quien escribe no es un terapeuta defectuoso; es un espejo de los datos con que se lo construyó.

El segundo trimestre de 2025 es donde el péndulo retórico se equilibra y empieza a inclinarse. El País todavía publicaba la versión gerencial y conciliadora del asunto —“las tendencias que redefinirán la relación entre pacientes y profesionales”—, el lenguaje de la complementariedad, la IA como asistente del clínico y no como su reemplazo. Pero junto a ese registro apareció otro, encarnado en el testimonio de primera persona: “Mi psicólogo de IA me ayudó a superar momentos difíciles”, publicado por Ecuavisa, que en su propio subtítulo ya incorporaba la palabra que faltaba: riesgos. El testimonio de gratitud y la advertencia de peligro empezaron a viajar en la misma oración. Y GQ México formuló por fin la pregunta sin adornos: “¿Puede la IA ser un buen terapeuta? Un nuevo estudio revela los riesgos”. La interrogación había dejado de ser entusiasta para volverse forense.

Hacia el tercer trimestre, la retórica dominante ya no preguntaba si la máquina ayudaba, sino cómo limitarla. El titular emblemático es de CNN en español: “Tu terapeuta de IA podría ser ilegal pronto. Aquí te explicamos por qué”. El sujeto de la oración —“tu terapeuta de IA”— conserva la familiaridad doméstica del primer trimestre, pero el predicado —“podría ser ilegal”— pertenece a otro universo moral. Entre el “compañero etéreo que jamás interrumpe” de enero y el “terapeuta ilegal” de agosto median apenas siete meses. Esa es la velocidad a la que la conversación hispanoamericana corrigió su propio entusiasmo.

García Canclini ofrece la clave para entender por qué el primer encuadre fue tan seductor y tan insuficiente. En Ciudadanos reemplazados por algoritmos (2019) escribe que las aplicaciones “dicen facilitarnos la vida […] pero no sirven para entender por qué lo hacemos”. Un chatbot terapéutico es la forma más pura de esa promesa: facilita el desahogo sin proveer la comprensión. Responde la pregunta “¿cómo me siento?” y elude por completo la pregunta “¿por qué?”, que es la única que la terapia, en su versión examinada, se propone abrir.

III. Lo que ha venido pasando

Mientras la retórica oscilaba, los hechos se acumulaban con una lógica más sombría y más lineal. El hecho fundacional del arco —el que la conversación tardó en asimilar pero que estaba ahí desde antes— es la muerte de Sewell Setzer III, el adolescente estadounidense de catorce años que, como reconstruyó Público, “se quitaba la vida tras haber pasado varias semanas hablando con una inteligencia artificial” que simulaba ser su personaje de ficción favorito. Ese caso le puso un nombre y una edad a lo que hasta entonces eran “riesgos” en abstracto. La máquina que “jamás interrumpe” tampoco interrumpe la espiral de un chico que se hunde.

A la anécdota trágica la siguió la evidencia sistemática. En abril de 2025, La Nación informó sobre “un estudio de OpenAI y el MIT” —es decir, una investigación firmada por la propia empresa que vende el producto— sobre cómo el uso afectivo de la IA incide en el bienestar subjetivo. Que el fabricante financie el examen de su propia herramienta debería leerse con la cautela que merece todo autoinforme; pero incluso ese estudio admitía que el vínculo emocional con la máquina tiene efectos medibles sobre la salud mental de quien lo entabla. Más contundente fue lo que reportó WIRED en español en agosto: los chatbots muestran “‘inconsistencia’ en consultas relacionadas al suicidio”, respondiendo de forma adecuada a una formulación de la pregunta y de forma peligrosa a otra apenas distinta. Un terapeuta cuya competencia depende de cómo exactamente se redacte la frase de auxilio no es un terapeuta intermitente: es una ruleta.

Esa inconsistencia no es un misterio insondable, y aquí conviene desmitificar. Como recuerda Artificial Unintelligence - How Computers Misunderstand, entender las realidades técnicas “es importante porque permite anticipar cómo, por qué y dónde las cosas van a salir mal en un escenario computarizado”. Un modelo de lenguaje no comprende el sufrimiento; predice la siguiente palabra estadísticamente probable dado un patrón de palabras previas. Cuando responde “estoy aquí para ti”, no hay nadie ahí. El HAI AI-Index-Report-2024 cataloga formalmente esta categoría de daño —los “human-chatbot interaction harms”, las respuestas perjudiciales en la interacción humano-máquina— como un eje de riesgo medible y distinto, no como un accidente marginal. La industria conoce la taxonomía de sus propios peligros.

La respuesta institucional llegó por dos vías, y ninguna fue del todo tranquilizadora. La primera fue regulatoria. A lo largo del tercer trimestre, varios estados de Estados Unidos empezaron a legislar: Futuro 360 de CNN Chile reportó que los “chatbots de salud mental podrían volverse ilegales” en ciertas jurisdicciones, y Curadas describió desde Venezuela cómo “se adelanta regulación del uso de la Inteligencia Artificial como sustitutos de los terapeutas”. Pero la propia palabra que usan las crónicas —“mosaico”— delata la fragilidad del remedio: regulaciones estatales dispersas, desiguales, fácilmente eludibles cambiando el domicilio del servidor. Un mosaico no es un muro.

La segunda vía fue la promesa corporativa, y ahí el escepticismo está plenamente justificado. En octubre, El País tituló con una precisión devastadora: “OpenAI promete proteger a los menores en ChatGPT, pero los expertos advierten: la seguridad es una falacia”. Especialistas en ciberseguridad, psicología y mediación parental coincidían en que las modificaciones anunciadas tras la polémica de los suicidios “no garantizan un resguardo real”. La empresa modifica el producto después del muerto, no antes, y llama “protección” a un parche reputacional. El Artesano Digital sometió a los “chatbots psicológicos bajo escrutinio” en materia de privacidad, recordando un costo que el debate sobre seguridad suele eclipsar: el desahogo más íntimo de una persona se convierte en dato de entrenamiento, en activo de una empresa privada.

Conviene situar esto en el espejo de The Atlas of AI - Power, Politics, and the Planetary Costs, que describe cómo los clientes de estas plataformas “esperan la realización barata y ‘sin fricción’ del trabajo sin supervisión, como si la plataforma no fuera una interfaz hacia trabajadores humanos sino una vasta computadora sin costos de vida”. La fantasía del terapeuta-máquina es exactamente esa: cuidado emocional sin fricción, sin costo, sin el cuerpo cansado del clínico. Pero el costo no desaparece; se traslada. Lo paga el adolescente que recibe la respuesta inconsistente, lo paga el usuario cuyo dato íntimo se mercantiliza, lo paga la familia que descubre, demasiado tarde, con quién hablaba su hijo. Nuestro propio análisis crítico de herramientas de IA de septiembre de 2025 ya advertía que la promesa de “detección y prevención” del suicidio estudiantil convive con una opacidad sobre quién valida esos sistemas y con qué evidencia.

IV. Donde se encuentran, donde se pierden

Los dos relojes —el de lo dicho y el de lo hecho— se encuentran en un punto y se pierden en otro, y vale la pena ser preciso sobre ambos.

Se encuentran en la corrección. La conversación hispanoamericana hizo, a lo largo de tres trimestres, un trabajo genuino de aprendizaje colectivo: pasó del listicle navideño de diciembre de 2024 a la pregunta forense de mediados de 2025, sin que mediara un escándalo único que la obligara. La proporción de encuadres lo confirma sin ambigüedad —de siete optimistas contra cuatro críticos en el primer trimestre a dieciséis contra veinte en el tercero—, y esa inversión no fue impuesta por el regulador ni por la empresa, sino ganada por el periodismo a fuerza de leer estudios y velar muertos. Ese es el mérito del arco. La rectificación existió.

Pero se pierden en el desfase temporal, y ese desfase tiene una víctima preferente. La retórica corrige a la velocidad del debate; la realidad daña a la velocidad del despliegue. Sewell Setzer murió antes de que la conversación regional incorporara la palabra “ilegal” a su vocabulario, y la promesa de OpenAI de proteger a los menores llegó —como subraya la falacia que El País denunció— después del daño que pretendía prevenir. La máquina se distribuye primero y se examina después. El terapeuta humano se examina antes de tocar a un paciente: esa es, literalmente, la diferencia entre una profesión y un producto.

Y aquí el lente latinoamericano deja de ser ornamental y se vuelve indispensable. García Canclini advirtió en Ciudadanos reemplazados por algoritmos (2019) que en los países latinoamericanos, “donde uno de los motivos de la desafección política es la carencia o reducción de los servicios sociales”, la inteligencia artificial mirada desde el sur ocupa el vacío que el Estado de bienestar fue dejando. La salud mental pública es, en la región, el más escaso de esos servicios. En una Argentina que cerró 2024 con el PIB cayendo 1,3% y en una Venezuela con un ingreso per cápita de 4.217 dólares pero una penetración de internet del 76,7% de su población, la ecuación es brutal en su simplicidad: el psicólogo colegiado es caro y remoto; el chatbot es gratuito y está en el teléfono que ya se tiene. Donde el aspecto social del cuidado fue desfinanciado, la máquina sin licencia no compite con el terapeuta: lo sustituye porque no hay terapeuta. El “terapeuta ilegal” que el norte empieza a prohibir es, en gran parte del sur, el único disponible.

Esto desplaza el problema desde la ética individual —¿debo usar un chatbot para mi angustia?— hacia el aspecto social estructural —¿por qué la única opción accesible para millones es un sistema que ni siquiera su fabricante puede garantizar? La pregunta de la semana, formulada así, ya no admite la respuesta tecnológica. No se trata de mejorar el chatbot. Se trata de que un país que delega el duelo de sus adolescentes en un predictor de palabras ha tomado, sin debatirla, una decisión sobre cuánto vale el cuidado de su gente.

V. La perspectiva histórica

El arco de tres trimestres cuenta, en miniatura, una historia que se repetirá con cada tecnología que toque la carne viva de lo humano: la promesa llega vestida de democratización —disponibilidad, gratuidad, ausencia de juicio— y la factura llega vestida de tragedia, siempre con retraso, siempre cobrada a quien menos defensas tiene. La conversación hispanoamericana hizo bien su trabajo: corrigió el entusiasmo en siete meses. Pero la corrección retórica es más rápida que la reparación real, y entre una y otra cabe la vida de un chico de catorce años.

La lección no es que estas máquinas no sirvan; algunas personas encontraron en ellas un alivio genuino, y negarlo sería su propia forma de condescendencia. La lección es que un consuelo sin examen, sin secreto, sin cuerpo que responda por sus errores, no es terapia: es la simulación de la terapia ofrecida a quienes no pueden pagar la cosa real. Y una sociedad se define menos por las herramientas que inventa que por a quién decide dejar a solas con ellas.

Durante un siglo exigimos que quien recibiera nuestra angustia hubiera sido examinado, colegiado, hecho responsable. La pregunta que esta década nos obliga a responder es si estamos dispuestos a renunciar a esa exigencia simplemente porque la alternativa es gratis. Le confiamos lo más íntimo al único interlocutor que nadie examinó, y lo llamamos progreso porque no nos cobra.

Referencias

  1. ¿Deprimido por la Navidad? 5 herramientas de salud mental con IA
  2. AI y salud mental: la empatía de los chatbots enfrenta sesgos raciales en sus respuestas
  3. Mi psicólogo es un robot: la IA emerge como alternativa para problemas de salud mental
  4. Los agentes conversacionales de la IA, disruptores y socios en una sociedad en plena transformación
  5. Mi amigo, DeepSeek: los jóvenes chinos que buscan terapia en la inteligencia artificial
  6. Chatbots de IA en medicina: ¿podemos confiar en ellos?
  7. Psicología e inteligencia artificial: estas son las tendencias que redefinirán la relación entre pacientes y profesionales
  8. Un estudio de OpenAI y el MIT analiza cómo nos impacta conversar con una inteligencia artificial
  9. La llegada de la Inteligencia Artificial a la psicología abre el debate sobre los riesgos de usarla como sustituto terapéutico
  10. “Mi psicólogo de IA me ayudó a superar momentos difíciles”: los riesgos y beneficios de usar un chatbot como terapeuta
  11. ¿Puede la IA ser un buen terapeuta? Un nuevo estudio revela los riesgos
  12. Los chatbots de IA muestran “inconsistencia” en consultas relacionadas al suicidio, señala estudio
  13. Tu terapeuta de IA podría ser ilegal pronto. Aquí te explicamos por qué
  14. En EE.UU. se adelanta regulación del uso de la Inteligencia Artificial como sustitutos de los terapeutas
  15. Chatbots de salud mental podrían volverse ilegales en Estados Unidos
  16. OpenAI promete proteger a los menores en ChatGPT, pero los expertos advierten: la seguridad es una falacia
  17. Chatbots psicológicos bajo escrutinio: Riesgos, privacidad y regulación
  18. Día Mundial de Prevención Contra el Suicidio: La IA no reemplaza las relaciones humanas
  19. Los riesgos del uso de la inteligencia artificial en menores
  20. Los peligros invisibles de la IA conversacional: ¿cómo proteger a los menores?
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